lunes, 10 de mayo de 2010

LA ROCA MISTERIOSA

La roca misteriosa

En aquel pueblo de África a nadie le gustaba trabajar. Daban las doce del día y la mayor parte de las personas estaban acostadas. Todo estaba sucio y desordenado en sus casas que, por fuera, parecían abandonadas. Aunque contaban con lo necesario para poner pequeñas granjas, eso era lo que menos querían. Preferían comer cualquier cosa que encontraran tirada en el suelo. Las callejuelas estaban en total descuido. Habían crecido hierbas y arbustos en las banquetas. La basura se acumulaba en las esquinas y abundaban las serpientes, las ratas y los escorpiones.
Entre todos ellos sólo había un hombre trabajador que había reunido una considerable fortuna. Le desesperaba la situación y se cansaba de pedir a los demás que hicieran algo para vivir mejor.
—¿Para qué? Si así estamos bien —respondían a coro y luego gritaban: —Tenemos sueño. Tenemos sueño. Tenemos sueño.
De repente iban cayendo al piso y quedaban profundamente dormidos.
El hombre trabajador pensó en un plan para hacerlos reaccionar. Al pueblo sólo se llegaba por un camino. Pensó en obstruirlo y ver qué pasaba.
Con la ayuda de dos amigos colocó una enorme piedra en medio del camino. “Como ahora les resultará difícil pasar por aquí, con seguridad se empeñarán en moverla y así harán algo de ejercicio” pensó.
Pero no fue así. Cuando los flojos habitantes del pueblo vieron la piedra preferían tratar de brincarla o de plano mejor no salir del pueblo.
—¿Para qué queremos salir, si se duerme bien en todas partes? —decían.
Pasó tanto tiempo que hasta crecieron plantas sobre la piedra que cada vez se acomodaba mejor en el terreno. Una tarde Totsi, un viajero que deseaba visitar a un familiar que tenía en aquel pueblo, recorrió el mismo camino. Al ver la piedra pensó que era un peligroso obstáculo y que sin duda alguien podría tropezarse con ella.
“¿Qué haré? Parece muy pesada. Bueno, voy a intentar moverla” se dijo. Dejó su morral en el piso y comenzó a empujar. La piedra se mantenía firme en su lugar. Lo intentó una y otra vez durante todo el día, sin éxito. Por la noche comenzó a llover y se refugió en una cueva cercana.
Al día siguiente, con la salida del sol, reanudó su tarea. El agua de la lluvia había aflojado la tierra así que poco a poco logró mover la piedra y apartarla a un lado del camino.
Para su sorpresa encontró que abajo de ella, enterrado en un agujero, había un cofrecillo lleno de zafiros. Lo sacó y lo miró con mucha atención preguntándose quién lo había puesto allí.
—Fui yo —dijo el hombre trabajador que andaba casualmente por allí.
—¿Y para qué? —preguntó Totsi.
—Para enseñar a los habitantes de este pueblo que quien se empeña consigue una recompensa. Veo que no aprovecharon la lección, pero al menos tú me has demostrado que en este sitio sigue habiendo personas diligentes. Ve y disfruta tu bien merecida recompensa.

3 comentarios:

Bouganvilla dijo...

¡Excelente moraleja! En los tiempos que corren una magnífica lección. Me encanta tu blog, me hago seguidora. Saluditos bouganvilleros.

♥Alicia dijo...

Amiga bienvenida al blog.
Un abrazo para tí.
♥Alicia

Anónimo dijo...

Aly: Te digo como siempre que tenés un muy bonito blog y más los hermosos mensajes que en él encontramos. Te queremos y te seguimos siempre. Que tengas un bello día hoy y siempre. Besitos. Ana Lía.